Cómo el Trabajo me Encontró en Malasia
Maria Chaffin 20 de Abril de 2026
“¿Eres Montessori? Entonces… ¿incluyes a todos los niños?”
Escuché esa pregunta más de una vez durante el World Forum on Early Care and Education. No fue una pregunta hecha desde el juicio, sino desde una curiosidad genuina… y quizás también desde cierta sorpresa. Y lo entiendo. Muchas veces, cuando las personas piensan en Montessori, piensan en belleza, orden, independencia. Piensan en ambientes hermosos, materiales cuidadosamente preparados y niños trabajando en calma. Pero inclusión no siempre es lo primero que viene a la mente cuando se habla de nuestro trabajo.
Mi tiempo en Malasia me ofreció mucho más que una experiencia profesional o una conferencia internacional. Me ofreció perspectiva. Una perspectiva más profunda sobre cultura, comunidad, inclusión y sobre lo que realmente significa este trabajo cuando deja de ser teoría y se convierte en práctica viva.
Malasia es, verdaderamente, una mezcla poderosa de culturas. China, India y Malasia viven entrelazadas en una forma que se siente en cada rincón. Lo sentí caminando por Chinatown, explorando Little India, compartiendo con familias, observando escuelas y entrando en comunidades mayormente chinas y malayas. Y mientras vivía todo eso, no podía dejar de pensar en cómo la cultura vive dentro del aula. No solamente en celebraciones, comidas o tradiciones visibles, sino en la forma en que las personas se relacionan, en cómo responden al comportamiento, en cómo entienden a los niños, en qué esperan de ellos y en cuánto espacio existe para la diferencia.
Lo que hizo esta experiencia aún más significativa fue la forma en que todo se dio. Durante casi una década seguí el trabajo de Nusaibah a la distancia, aprendiendo, observando, admirando. Y de manera inesperada, justo mientras me preparaba para este viaje, ella se acercó para colaborar en algo online. Al mismo tiempo, mi conexión con Jezmine comenzó a través de AMS, inicialmente como una simple conexión profesional, pero poco a poco se transformó en algo mucho más humano.
Nada de esto fue estratégicamente planeado. Y quizás por eso mismo fue tan poderoso. Porque cuando miro hacia atrás, no lo siento como coincidencia. Lo siento como el trabajo encontrando a personas que ya estaban caminando en la misma dirección.
Gracias a esas conexiones, tomé la decisión de cambiar mi vuelo y quedarme más tiempo. Y esa decisión cambió por completo mi experiencia. Lo que pudo haber sido una visita breve se convirtió en algo relacional. Ya no era simplemente observar escuelas o conocer programas. Me encontré formando parte de conversaciones reales, preguntas reales, desafíos reales. Me encontré dentro del trabajo.
Y eso hizo toda la diferencia.
En Rumi Montessori, junto a Nusaibah y su equipo, y en Children’s Garden Montessori Academy, junto a Jezmine, no me sentí como una visitante. Me sentí bienvenida dentro de una conversación más profunda sobre niños, inclusión y práctica. No había necesidad de aparentar perfección. No había espacio para impresionar. Solo existía una disposición honesta para reflexionar, cuestionar y crecer. Y eso, para mí, siempre será el trabajo real.
Uno de los momentos más significativos fue mi tiempo con Dignity for Children Foundation, trabajando con niños de comunidades refugiadas. Esa experiencia te cambia de una manera distinta. Te confronta. Te recuerda rápidamente que inclusión no es una palabra bonita para usar cuando es conveniente. Inclusión es práctica. Es acción. Es lo que hacemos cuando el niño frente a nosotros no encaja fácilmente dentro del sistema, cuando nuestras expectativas son desafiadas, cuando somos nosotros quienes debemos cambiar más de lo planeado.
Ahí fue imposible seguir sosteniendo cualquier ilusión de perfección o control.
Y también entendí algo más: existe una gran diferencia entre viajar a un lugar… y realmente vivirlo.
Puedes visitar un país, tomar fotos, asistir a eventos y seguir siendo un observador externo. Pero esa no fue mi experiencia en Malasia. Fui cuidada, guiada, invitada a mesas, conversaciones y relaciones. Hubo una generosidad humana en la forma en que fui recibida que hizo que todo esto se sintiera profundamente personal. No transaccional. No superficial.
Y eso importa, porque Montessori, en su esencia más profunda, siempre ha sido trabajo relacional.
Estar en el World Forum y conectar con educadores de diferentes partes del mundo, incluyendo líderes de la Montessori Association of Malaysia, solo hizo una verdad más clara: sin importar el país, el sistema o la cultura, la pregunta sigue siendo la misma.
¿Estamos realmente preparados para encontrarnos con todos los niños… o seguimos esperando que ellos sean quienes se adapten a nosotros?
Muchas veces decimos que Montessori es inclusivo, pero inclusión no sucede automáticamente solo porque usamos materiales Montessori o hablamos de seguir al niño. La inclusión depende del adulto. Depende de nuestra capacidad para observar sin juicio, para entender el comportamiento como comunicación, para reconocer nuestras propias expectativas, para sostenernos cuando las cosas no se ven como pensábamos.
La verdad es que algunos ambientes Montessori todavía están más comprometidos con verse correctos… que con hacer lo correcto para el niño.
Y ese trabajo no es fácil.
Desafía nuestra formación. Desafía nuestro ego. Desafía nuestra necesidad de orden cuando el orden no puede venir a costa de pertenencia.
Pero Malasia me recordó algo profundamente esperanzador: hay educadores alrededor del mundo que sí están dispuestos a hacer ese trabajo. No perfectamente. No sin dificultad. Pero sí con honestidad.
Y quizás eso es exactamente lo que Montessori necesita ahora mismo.
Malasia, gracias por tu generosidad, tu apertura y la manera en que recibiste no solo a mí, sino al trabajo mismo.
Porque esto… esto es la dirección que Montessori necesita.









